
En Corea del Sur existe incluso un término para describir a quienes estudian o trabajan durante horas en cafeterías: 카공족 (kagongjok), la “tribu que estudia en el café”. Lo que comenzó como un hábito práctico (aprovechar mesas amplias, enchufes accesibles y WiFi) se transformó en un patrón de consumo que convertía a Starbucks en bibliotecas o coworkings improvisados.
El problema llegó cuando algunos clientes instalaron impresoras, regletas o separadores de cartón para aislarse, ocupando mesas por horas con un solo café. Esta práctica, que podría parecer inocente, terminó generando tensiones: menos rotación de clientes, menos consumo promedio por mesa y la percepción de que los locales ya no eran espacios colectivos, sino oficinas privadas.
La respuesta de Starbucks
Ante esta situación, Starbucks Corea anunció nuevas normas claras:
- Prohibición de impresoras, ordenadores de sobremesa, multitomas y accesorios de oficina.
- Prohibición de ocupar varias sillas o dejar objetos para “reservar” mesas durante largas ausencias.
- Instrucción al personal para advertir a quienes incumplan estas reglas.
Aunque la comunicación se realizó con carteles ilustrados de forma amigable, la medida refleja un cambio serio: proteger la experiencia colectiva de los clientes y, al mismo tiempo, optimizar el negocio asegurando mayor rotación.
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Reflexión estratégica: ¿espacio de comunidad o consumo?
El caso abre un debate clave para el sector gastronómico: ¿hasta qué punto los espacios de una cafetería deben ser usados como extensiones de oficina? Si bien el “café oficina” aporta visibilidad de marca y genera fidelidad, también puede reducir el ticket promedio y desplazar a clientes que buscan simplemente un café o un espacio para socializar.
En mercados como América Latina, donde la cultura del café como lugar de encuentro es fuerte, esta tensión también se observa. Muchos dueños de cafeterías independientes ya experimentan con estrategias similares: limitar el tiempo de uso de mesas, eliminar enchufes en ciertas zonas o establecer consumos mínimos.
Aprendizajes para marcas y emprendedores
- Definir el rol del espacio: cada cafetería debe decidir si quiere posicionarse como un “tercer lugar” de trabajo y estudio, o como un espacio de consumo rápido y rotación.
- Diseñar políticas claras y visibles: comunicar normas desde la entrada evita conflictos posteriores.
- Balancear experiencia y rentabilidad: un local abarrotado de clientes que consumen poco afecta los ingresos y la percepción de marca.
- Explorar modelos híbridos: algunos negocios han optado por áreas diferenciadas: zonas para trabajar con mayor consumo mínimo y zonas sociales sin restricciones.
Conclusión JLP GLOBAL
El movimiento de Starbucks Corea no es un simple ajuste operativo, sino un recordatorio para todo emprendedor gastronómico: la gestión del espacio es parte de la estrategia de marca y del modelo de negocio. En un mercado cada vez más competitivo, decidir cómo se usan las mesas y qué tipo de clientes se priorizan no es un detalle menor.
Para los emprendedores del sector, el reto está en diseñar entornos que equilibren hospitalidad, rentabilidad y cultura de consumo. Al final, no se trata solo de vender café, sino de gestionar la experiencia colectiva que sostiene el negocio.
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